Quién no ha oído nunca el comentario: “Eres una chica delgada…por qué te molestas en comer sano?” O no estando delgada, comentarios de personas que asumen que estás haciendo dieta sólo porque pones atención en lo que comes. O comentarios del estilo: “Uf, que fuerza de voluntad la tuya, yo no sé como puedes. La vida está para disfrutarla.”

El caso es que no hago dieta…me mueve mi amor propio. Me explico.

Hace tiempo, empecé a tomar consciencia de que somos una manifestación de lo que comemos. De que los alimentos que ingerimos tienen un impacto brutal en nuestras emociones, bienestar, y aspecto físico. Antes comía de todo, y sin límites: al fin y al cabo siempre había sido una chica delgada, por qué cambiar?

Pero pronto me di cuenta que, a pesar de tener un aspecto relativamente saludable (ahora puedo ver el antes y el después), mi cuerpo me pedía un cambio por dentro. Tenía ataques de sueño incontrolables durante el día, bajones de energía que no sabía de dónde venían, problemas digestivos, infecciones de orina recurrentes, y un poquito de grasa acumulada en el abdomen (aún y estando delgada). A los veintipoco años, no me parecía normal estar así. Y dije basta. Decidí escuchar a aquellas personas que, cambiando su estilo de vida, habían conseguido cambios extraordinarios. Como la doctora Odile Fernández, que venció al cáncer gracias (en parte) a un estilo de vida y alimentación saludables. Y no porque quisiera estar más delgada, sino porque creía que sentirme mejor conmigo misma era posible y me haría más feliz.

Cuáles fueron los primeros cambios que llevé a cabo? Me basé en estos tres principios:

-Come natural. Come limpio. Deja los alimentos envasados, procesados y empaquetados. Intenta comer como lo hacían nuestros abuelos.

-Adiós al azúcar refinado. Es veneno y estudios científicos confirman que ayuda al cáncer a proliferar. Es una de las drogas de nuestro siglo y se ha acomodado en nuestras vidas sin darnos cuenta. Las galletas, bollería, refrescos, bebidas energéticas, helados comerciales, etc, contienen toneladas de azúcar. Otros alimentos como los dátiles, la miel, o la fruta, contienen azúcares naturales que no perjudican a nuestra salud.

-Minimiza la carne y los lácteos. Cuidado con la proteína animal en exceso. Especialmente en países como el nuestro, es muy normal consumir siempre algo de proteína animal como segundo plato. No es necesario consumir estos niveles de proteína animal cada día y dejaremos descansar a nuestro cuerpo si minimizamos su consumo.

Desde que sigo estos tres consejos mi vida ha cambiado por completo. El cansancio crónico ha desaparecido, y mi energía es mucho más estable y duradera. Por supuesto esto no es suficiente para llevar una vida 100% saludable, pero es un muy buen comienzo.

No soy perfecta, nadie lo es. Cada día aprendo más cosas en el campo del bienestar y la nutrición y me fascina el poco conocimiento de nuestra sociedad en este aspecto. Pero lo que sí sé es que estos cambios me han hecho una persona mucho más feliz. Así que te animo a que los incorpores en tu vida, poco a poco, y a que veas cómo reacciona tu cuerpo.

Cada persona y cada cuerpo es diferente, así que ésta es solo mi experiencia. Pero en todo caso, lo que sí que te aconsejo es que aprendas a escuchar tu cuerpo y te vuelvas un poco más selectivo/a con tu alimentación. Al fin y al cabo, te mereces lo mejor de lo mejor!

Y cuando te pregunten por qué haces dieta, ya sea la abuela, la tía, o el vecino, no dudes en contestar: “es que me quiero tanto…que quiero darle a mi cuerpo lo mejor!”.

Comer bien y respetar a tu cuerpo no tiene nada que ver con hacer dieta. Tiene mucho que ver con amor propio y con buscar la harmonía en tu interior. Te deseo un buen viaje…

 

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